Garatuza besó el pastoral de Don Juan Perez de la Cerna; hizo una reverencia á los oidores y al Corregidor, y se retiró.
—¿Qué os ha parecido mi recomendado?—dijo alegremente el Arzobispo.
—Buenísimo—contestaron los otros.
—Ahora, pronto vendrá el pretesto—esclamó gravemente el doctor Galdos de Valencia.
IV.
En que el lector volverá á ver algunos antiguos conocidos; y tendrá que conocer algo de los antiguos mágicos.
HEMOS llegado otra vez á la casa de la Estrella, en Xochimilco, á donde aún vive nuestro antiguo conocido Don Cárlos de Arellano; pero no le volvemos á ver jóven, disipado, elegante; ahora los ocho años que han pasado sobre su cabeza le han dado ya el aspecto, no de un hombre de la edad viril, sino casi la apariencia de un viejo.
Don Cárlos no tiene aquel bigote fino y atusado; larga y espesa su barba cae sobre su pecho, blanqueada como el escaso pelo de su cabeza por la nieve de los años, y profundas arrugas surcan su frente.
La casa de la Estrella se resiente de esta variacion; los jardines están incultos, la malesa los ha convertido en una especie de bosque, los salones están abandonados, los murciélagos, las palomas, y las golondrinas hacen allí sus nidos, y por las rotas y desencajadas puertas entran la lluvia y el viento, cubriéndose de musgo los pisos.
En los patios dos ó tres viejos criados se ven entrar algunas veces, y han desaparecido ya los escuderos, los palafreneros y los esclavos que como un enjambre de avejas entraban y salian todo el dia en las cuadras y en las habitaciones interiores.
Referirémos brevemente la causa de aquella variacion.