—¿No mas eso tengo que hacer?—preguntó Teodoro.
—No mas—contestó Doña Beatriz—¿por qué lo preguntas?
—Es que eso me parece hacer muy poco, cuando mi ama está tan afligida.
—¿Pues qué piensas tú?
—Si la señora mi ama me lo permite, yo seguiré á Don Fernando toda la noche, y le responderé á mi ama que nadie tocará uno de sus cabellos, hasta que Teodoro haya espirado.
—¿Harás eso? preguntó conmovida Doña Beatriz.
—Mi ama lo verá si lo permite. ¿Acaso Teodoro el negro no debe á la señora la vida?
—Te lo permito y te lo mando, vé.
El negro se inclinó reverentemente y salió de la estancia.
El Bachiller Martin de Villavicencio dormia en su cuarto, reponiéndose de la mala noche pasada la víspera; el Arzobispo le habia dado, por decirlo así, vacaciones, y el Bachiller las aprovechaba: su Ilustrísima, aunque eran ya las oraciones, no volvia del Palacio del Virey.