«Dios os guarde por muchos años, como se lo pide vuestro amigo y servidor
«Don Pedro de Mejía.»
Chema habia escuchado esta carta con un interes y una escitacion creciente, su semblante se habia puesto encendido, sus ojos brillaban y su respiracion era desigual y fatigosa.
—¿Qué pensais?—dijo Don Cárlos—A la verdad que para castigar á esa muger basta su marido, que si buena y juiciosa le hubiera salido á Don Pedro, nada me hubiera tocado á mí, como ahora que es mala é inquieta me viene á querer perturbar.
—Os engañais—dijo Chema con una voz ronca—es preciso que vayais, ó mejor dicho, que vayamos para confundir á esa víbora, yo os acompañaré.
—¡Vos! ¿la conoceis acaso?
—Ojala no la hubiera conocido, ella ha sido la causa de todas mis desgracias, porque yo soy Don José de Abalabide.
—¡Vos Don José de Abalabide! el rico comerciante que desapareció una noche arrebatado por el Santo Oficio, y de quien se cuentan tantos padecimientos?
—El mismo, Don Cárlos, el mismo, y en el camino os instruiré de todo y os convenceré de que es un deber nuestro castigar á esa muger. Disponed, os ruego, vuestro viaje, y salgamos mañana mismo de esta casa.
—Saldremos—dijo Don Cárlos.