—Queria consultaros, si supuesto el estado en que se hallan las cosas, debiera yo de ir.

—Creo que seria una imprudencia, cuando no una locura, el iros á meter así en el fuego, estando aquí tan libre. «El que busca el peligro en él perece.»

—Teneis razon, no iré.

—¿Y la otra carta?

—Es un negocio particular que tengo ya casi olvidado, y que no seria por sí solo capaz de obligarme á emprender un viaje. Escuchad, es de un caballero rico de la ciudad llamado Don Pedro de Mejía.

«Señor Don Cárlos de Arellano.

«Muy respetado amigo y señor. Hace ya algunos años que dejé de cultivar vuestra amistad por motivos que espero hayais echado en olvido, pero que son los mismos que ahora me obligan á dirijiros ésta.

«Es el caso que entonces por razones que alguna vez os diré, tuve de contraer matrimonio con Luisa, la viuda de Don Manuel de la Sosa ignorando que habia estado en vuestra casa de donde se fugó, y que era una esclava antigua de un Don José de Abalabide. Súpelo despues de la boda y la arrojé de mi casa.

«Hoy ha vuelto esta muger pasando por esposa legítima del correjidor de México Don Melchor Perez de Varais, enemigo encarnizado del virey y uno de los mas ardientes trastornadores de la pública paz.

«Os ruego que vengais para ayudarme á confundir á esa muger que es el ajente mas poderoso y mas activo del Correjidor.