La Audiencia absolvió á los excomulgados, y el Arzobispo entonces se volvió contra la Audiencia.
Don Cárlos de Arellano llegó á palacio á la sazon que entraba tambien á él un clérigo notario del Arzobispo, que seguido de una multitud inmensa entre la cual se veian muchos clérigos, iba á notificar al secretario de dicha Audiencia la entrega de los autos de este ruidosísimo negocio.
El virey estaba en la Audiencia con los oidores, y el notario del arzobispado llegó con su acompañamiento hasta la puerta de dicha audiencia, en donde habia quedado esperando tambien Don Cárlos.
—¿Qué ruido es ese?—Preguntó adentro el virey.
—Señor—contestó pálido el oficial mayor—El notario del provisorato me notifica que se entreguen los autos sobre absolucion de las censuras de los jueces y guardias de Don Melchor Perez de Varais, bajo pena de escomunion y publicacion en las tablillas de las iglesias.
—Vive Dios, y perdonadme señores mi violencia—dijo el virey—que mucha es la audacia y desacato de ese notario.—Decid señor oficial mayor, á ese notario, que aguarde hasta que termine la audiencia.
El oficial mayor salió inmediatamente á llevar el recado de S. E.
Apenas el notario oyó el recado, cuando sin respeto de ninguna clase, y atropellando al oficial mayor, se dirijió á la puerta de la audiencia. Los alguaciles trataron de impedirselo y entonces allí mismo se trabó la lucha.
Como por encanto salieron á lucir multitud de armas, que llevaban ocultas los clerigos que acompañaban al notario, y comenzaron á caer heridos algunos de los dos bandos.
Don Cárlos tiró de su espada, y se puso del lado de la justicia.