En medio de aquel tumulto, un jóven elegantemente vestido con un sombrero hundido hasta el entrecejo y adornado con hermosas plumas blancas, animaba y exaltaba á los partidarios del arzobispo y con el estoque en la mano, procuraba herir al oficial mayor.
Arellano se arrojó sobre este jóven en el momento en que un movimiento de la multitud hacia caer su sombrero, dejando complemente descubierta su cabeza. Dos esclamaciones se escucharon en aquel acto, la una era de Don Cárlos de Arellano que gritó.
—¡Luisa!
La otra partió de la boca de Don Cesar, que llegaba al lugar del escándalo, y que tambien la reconoció.
En este instante se abrió la puerta de la audiencia, y la figura severa del marqués de Gelves, apareció calmando la tempestad.
Los alborotadores huyeron espantados, y solo quedaron allí Don Cesar, Arellano, y los alguaciles, unos buenos y otros heridos.
Don Cárlos levantó el sombrero que Luisa habia abandonado en su fuga.
El virey con los brazos cruzados contempló á la turba que huia, y luego con una calma inconcebible en su carácter violento y altivo, dijo á Don Cesar y á Don Cárlos de Arellano.
—Pasad Señores.
Los dos caballeros siguiendo al marqués, entraron á la sala de la audiencia.