Los Oidores estaban pálidos, pero serenos; la Audiencia se habia dado por terminada y se hablaba ya en confianza.
—Admírome señor—dijo Don Cesar—como S. E. ha podido contener su natural fogoso ante semejantes desacatos.
—Creed Don Cesar, que he necesitado hacer un grande esfuerzo, porque los gobernantes muchas veces tenemos necesidad de disimular nuestros naturales instintos é inclinaciones.
—Tiene V. E. mucha razon—dijo Don Cesar.
—Pero ya la justicia tendrá su lugar alguna vez, que ahora conozco que solo de precipitarme se trata, para dar motivo á culparme de cualquier desgracia, y no lo conseguirán.
—Quizá no ignore V. E.—dijo Don Cárlos de Arellano, la cabeza y el brazo que dirigen estos disturbios.
—¿Y quién los desconoce? solo vos Don Cárlos que venis tan pocas veces á México, y os pasais la vida encerrado en vuestra casa de la Estrella, y sin embargo, ved como os favorece la fortuna, acabais de llegar y ya teneis en vuestras manos un trofeo.
—Es verdad, E. S.—contestó Arellano, levantando por lo alto el sombrero de Luisa que llevaba en la mano—este trofeo tiene la doble recomendacion de pertenecer á una dama.
—¿A una dama?
—Que venia entre la multitud vestida de hombre, y que se daba tambien su modo de acuchillar á los alguaciles.