Eso sí no he podido saber, y tal vez mas tarde me lo dirán, porque estas noticias las tengo de un criado de Don Cesar, íntimo amigo mio, á vos nada os importa saber la casa dad la denuncia, que los familiares sabrán husmear y no haya cuidado que pierdan la pieza.

—Bueno, tú sin embargo, prosigue en tus averiguaciones.

Luisa pensó ya, que habia llegado el momento de su venganza, y el Arzobispo le pareció un buen medio. Su Ilustrísima deseaba y aprobaba todo lo que era no solo contra el virey, sino contra sus amigos: él ayudaria á perseguir á la hermana de Don Pedro de Mejía, y á Don Cesar de Villaclara, los dos favoritos del de Gelves.

A las once de la noche, los amigos de Don Melchor Perez de Varais y su Luisa, estaban con él, en Santo Domingo, combinando sus planes de revolucion.

—Si su Señoría Ilustrísima quisiera, dijo Luisa al Arzobispo—manera tengo yo de quitar al virey, á uno ó dos de sus principales amigos.

—Por fuerza tengo de querer—contestó el prelado—que mas perjudican sus amigos que él mismo. ¿Y de quiénes tratais?

—De Don Cesar de Villaclara, y de Don Pedro de Mejía.

—¡Pollos son de cuenta!—esclamó el Arzobispo—¿Y cómo pensáis que nos deshagamos de ellos?

—Muy fácilmente: pero siendo caso de conciencia, espero que su Ilustrísima me escuche como en sigilo de Sacramento.

—Bien entonces mañana..................