La dispensa obtenida por Don Cesar, contenia, como era natural que él lo hubiera procurado, la autorizacion á un sacerdote particular y que no era el cura de su parroquia, para celebrar el matrimonio de Don Cesar de Villaclara y de Doña Carolina Sandoval, como se llamó Blanca.

La jóven esperaba ya con impaciencia, estaba vestida de blanco, y su belleza resaltaba mas con aquel traje vaporoso sin adornos y sin alhajas.

En la sala de la casa debia celebrarse la boda, y el sacerdote se revistió en una de las piezas inmediatas. Teodoro y Sérvia eran los padrinos.

Blanca, trémula y confusa, pronunció sus nuevos votos y la bendicion del anciano sacerdote vagó sobre aquellas dos hermosas cabezas.

Blanca era por fin la esposa de Don Cesar de Villaclara.

Eran las ocho de la noche, y repentinamente se escuchó á lo léjos el clamor triste de las campanas de la catedral, y luego el de todas las iglesias de la ciudad, que se elevaba en el silencio de la noche como un presagio sombriamente siniestro.

—¡Jesus nos ampare!—Esclamó el anciano religioso cayendo de rodillas.

—¿Pues qué es eso señor?—preguntó Blanca mas pálida que un cadáver.

—La maldicion de Dios sobre esta ciudad desgraciada—contestó el religioso.—Tocan entredicho.

—¡Entredicho!—Repitieron todos espantados.