—¡Jesus nos valga!—dijo Blanca desmayándose.

El anciano salió precipitadamente de la casa y los demas rodearon á Blanca desmayada.

Las campanas seguian, tocaban pavorosamente á entredicho, y el tumulto en las calles era espantoso, todos salian á la calle atraidos por la novedad y la noticia de que la ciudad estaba en entredicho, circulaba por todas partes helando de espanto á aquellos corazones religiosos y tímidos.

—Dios mio—decia Blanca volviendo en sí—yo soy quizá la causa de tanta desgracia. ¡Dios mio, perdóname!

Tres golpes sonaron en la puerta de la calle y todos se miraron entre sí como espantados. Blanca se refugió en los brazos de Don Cesar.

Un criado abrió la puerta y un comisario del Santo Oficio se presentó en la estancia seguido de sus familiares.

—¿Quién es aquí—dijo severamente el comisario—Doña Blanca de Mejía?

Todos callaron espantados.

—¿Doña Blanca de Mejía?—volvió á decir el comisario.

El mismo silencio.