—Por última vez y en nombre del Santo Tribunal de la Fé, preséntese Doña Blanca de Mejía, si no quiere que pare en su mayor perjuicio.

Doña Blanca dió un paso adelante, el comisario se aproximó para prenderla; pero en este momento Don Cesar se arrojó entre los dos.

—No la tocareis—dijo resueltamente.

—Prended á esa muger—dijo el comisario del Santo Oficio.

D. Cesar tiró de la espada y los familiares se lanzaron sobre él.

—Pensad á lo que os esponeis resistiendo á la Inquisicion—gritó el comisario.

—Aunque me cueste la vida—contestó Don Cesar—sálvala, dijo á Teodoro.

El negro tomó entre sus robustos brazos á Blanca que habia vuelto á desmayarse, y se entró á los aposentos interiores seguido de Sérvia.

Los familiares quisieron ir tras él, pero Don Cesar cubrió la puerta con su cuerpo y espada en mano, y comenzó una lucha desigual pero terrible.

Los gritos de ¡favor á la Inquisicion! ¡favor al Santo Oficio! se escuchaban en la calle entre el pavoroso clamoreo de las campanas que continuaban tocando á entredicho.