Cubria su cabeza una especie de capacete de acero, y sus calzas de cuero y sus brillantes espuelas de oro, indicaban que estaba dispuesto á montar á caballo en el momento que lo creyese necesario. El virey tenia el continente altivo del antiguo batallador.
—¿Qué pasa aquí?—preguntó el virey.
Nadie se atrevió á contestarle.
—Ea, responded, señor Alcalde.
El Alcalde se adelantó temblando.
—Señor—dijo—por órden de V. E. hemos venido á registrar esta casa, y á poner en prision á sus moradores.
—¿Y por eso causais este escándalo?
—Señor—contestó el Alcalde—los ministros del Santo Oficio han despues venido y querídose apoderar de la casa con desprecio de la justicia de Su Majestad y de las órdenes de V. E.
—¿Habeis encontrado algo?
—Nada, señor, no hemos encontrado mas que algunos sirvientes que ignoran el paradero de sus señores.