—Entonces retiraos, y dejad que el Santo Oficio cumpla con sus deberes, y cuidad que en lo de adelante llegueis á provocar semejantes escándalos.

El Alcalde, humilde y cabizbajo, se retiraba seguido de los alguaciles; pero al llegar á la puerta se volvió preguntando al virey.

—¿Y los criados?

—Si vos los aprehendisteis—contestó el virey—llevadlos, que son los prisioneros de quien los toma.

Ni una palabra se atrevió á decir el comisario del Santo Oficio.

A la salida de los alguaciles el virey descubrió á Don Cesar, que habia permanecido oculto tras ellos en uno de los ángulos de la habitacion.

—¿Vos tambien aquí, Don Cesar?—dijo el virey.

—Sí, señor, contestó Don Cesar—advertí el tumulto en esta casa y me llegué á ella, atraido por la curiosidad.

—Hacedme favor de acompañarme.

El virey salió embozándose en su ferreruelo y se encaminó á palacio acompañado de Don Cesar, que rabiaba por separarse de él para volver á emprender su peregrinacion en busca de Blanca.