El comisario y los familiares convencidos de que no encontrarian á la persona que buscaban, porque la casa estaba enteramente desierta, tornaron á dar cuenta de su comision sin meterse en mas averiguaciones, porque la única mision que llevaban allí era procurar la aprehension de Doña Blanca.
La casa de Teodoro quedó enteramente sola y abierta.
Dos horas despues un hombre se deslizaba cautelosamente entre las tinieblas hasta llegar á la casa, y á poco llegó tambien otro que le seguia.
—Señor Martin—dijo el primero que habia llegado—á no haber sido por la fortuna que tuve de encontraros, estoy seguro que en este momento me tendria el virey en las cárceles de palacio.
—Sí, Teodoro—contestó el otro, que como podrá suponerse era Garatuza—desde las ocho de la noche tenia yo la noticia de que debia venir aquí la justicia, y casi estoy seguro de quién es el que nos ha denunciado.
—¿Y de quién sospechais?—preguntó Teodoro.
—De un caballero muy principal que he visto rondar por estas calles algunas noches; grande amigo del virey, y que se llama Don Cesar de Villaclara.
—Os engañais Don Martin—replicó Teodoro—mas seguro estoy yo de ese Don Cesar, que de mí mismo.
—Lo mismo da; ya veremos mas adelante: por ahora lo que importa es que no volvais á presentaros por esta casa, y que permanezcais oculto por algunos dias, que supongo que serán muy pocos, porque esta tragedia poco ha de tardar en desenlazarse: cerrad vuestras puertas y retirémonos, que así lo aconseja la prudencia.
Teodoro cerró cuidadosamente todas las puertas de la casa, y acompañado de Martin, se perdió entre la muchedumbre, que aun no se retiraba de las calles.