Las campanas de todas las iglesias, no habian cesado en su pavoroso clamoreo.
XIV.
De lo que combinaron el Corregidor Don Melchor Perez de Varais y el Arzobispo Don Juan Perez de la Cerna.
EL Arzobispo de México usaba de las armas de la Iglesia contra sus enemigos, excomulgando á los jueces, y á los guardas de su protegido el Corregidor de México Don Melchor Perez de Varais, objeto ó mas bien dicho pretesto de todas aquellas grandes discuciones; pero sus enemigos, encontraron tambien en la misma Iglesia, armas que volver contra el pecho del Arzobispo, tornando golpe por golpe, censura por censura, y anatema contra anatema.
El Papa Gregorio XIII, por Bula especial, habia nombrado para casos semejantes, en los que alguno se sintiese agraviado por la autoridad del Arzobispo, Juez Apostólico delegado al Obispo de la Puebla de los Angeles.
A él acudieron los quejosos.
El Arzobispo se reveló contra su autoridad, y el Delegado confirió por delegacion todo su poder á un religioso de Santo Domingo.
El Sub-delegado Apostólico se armó de energia y escudado con su nombramiento, y seguido por los religiosos de su Orden, y apoyado por el virey, y por la Audiencia y por sus partidarios, comenzó á luchar contra el Arzobispo.
Las censuras se cruzaban de un púlpito al otro, y cada iglesia se convertia en un palanque en que desde lo alto de la cátedra del Evangelio, se anatematisaban los contendientes, se alzaban ó se imponian excomuniones á los jueces, y se predicaban doctrinas en pró y en contra de la potestad de las jurisdicciones, de lo cierto y falso de las proposiciones que cada parte defendia.
Los fieles estaban aterrados y cada uno seguia el bando á que le inclinaban sus pasiones, mas bien que los razonamientos, que sin comprender escuchaba en los púlpitos.
El Arzobispo predicó su entredicho en la Misa Mayor despues del Evangelio, haciendo salir una procesion con muchos clérigos revestidos, llevando una cruz alta, cubierta con un velo negro, y, al decir de un cronista de aquellos tiempos, «haciendo otras ceremonias nunca vistas,» destilando en el corazon de todos un horror inquieto, lleno de confusion y desconsuelo, provocándolos con esto, á una general indignacion contra quienes les daban á entender eran causa de ello.