El toque de entredicho continuaba todos los dias y todas las noches, y el Arzobispo á pesar de su desavenencia con los religiosos de Santo Domingo, insistia todas las noches en sus visitas á Don Melchor, retraido en aquel mismo convento.
Luisa con su disfraz de mancebo no faltaba jamas allí.
La noche del miércoles 10 de Enero estaban reunidos, en el aposento que ocupaba Don Melchor, éste, el Arzobispo, el Oidor Don Pedro de Vergara Gaviria y Luisa, que por la costumbre de acudir allí, y por su decision en la causa, se la atendia en todas las deliberaciones.
Los dias se pasan—decía Don Pedro de Vergara,—sin que hállamos hasta ahora logrado encontrar oportuna coyuntura para levantar al pueblo.
—Coyuntura no ha faltado—decia Su Ilustrísima—que mas favorable nunca pudo haberse presentado; pero, ó vuestros agentes no cumplen, ó este pueblo necesita como Santo Tomas, ver para creer.
—Perdóneme V. S. Ilustrísima—contestó Luisa interrumpiendo al Arzobispo—que nuestros ajentes han cumplido lealmente, porque yo, que en todos los grupos me he mezclado, y que estoy al tanto de todas sus operaciones, asegurar puedo á Su Ilustrísima que todo está dispuesto, y que se espera solo una señal para comenzar el tumulto.
—Con demasiada prudencia camina el de Gelves—dijo Don Melchor—y si Su Señoría Ilustrísima no le compromete á dar un paso que le desconcierte, pasos llevamos de seguirnos entendiendo perpetuamente con jueces y con notarios.
—Tal es mi opinion—agregó Don Pedro de Vergara Gaviria—y si su Ilustrísima quisiera, en momentos estamos de poder llegar al fin.
—¿Y cómo?—preguntó el Arzobispo.
—El subdelegado ha levantado las censuras, ha mandado cesar el toque de entredicho, y Su Ilustrísima ha mandado que en lo sucesivo no se dé ningún toque, ni aun el de oraciones; ¿es verdad?