—Sí—contestó el Arzobispo.

—Este silencio profundo de las campanas—continuó Gaviria, aterra y alarma mas á los fieles que el mismo toque de entredicho; si mañana Su Ilustrísima sale de su palacio aparentando ir en secreto, pero caminando en realidad de manera que todo el mundo le conozca, y se dirije á la Audiencia á pedir públicamente justicia sin separarse de la sala, hasta que la obtenga, cosa que no llegará nunca á suceder, el pueblo, la audiencia y el virey se verán precisados á dar un paso, y nuestros ajentes aprovecharán la oportunidad. ¿Parece bien á Su Ilustrísima?

—Perfectamente: lo haré mañana tal como lo decis.

—Y yo—agregó Luisa—respondo de que todo se hará como está prevenido.

Separáronse aquella noche, quedando todo dispuesto y arreglado para el escándalo que se esperaba al dia siguiente.

La noche estaba pavorosa, el profundo silencio de las campanas como habia dicho muy bien Don Pedro de Vergara Gaviria, producia efectos mas terribles en la ciudad que el clamoreo del entredicho, y así como antes la gente se precipitaba en las calles en busca del objeto que causaba la novedad, al cesar el tañido, todo el mundo se recojió en su casa y apenas se miraba una que otra persona que atravesaba temblando por la plaza principal.

Luisa caminaba á pié acompañada del Ahuizote.

—Mañana—decia Luisa—es necesario que estés dispuesto, y no vayamos á dar el golpe tan en vago, como la noche que trataron de aprehender á Doña Blanca.

—Por culpa mia no fué—contestó el Ahuizote—que yo como denunciante de la casa fuí entre los familiares y solo sentí no haber llevado una espada, porque puede que entonces no se hubiera resistido tanto el tal Don Cesar, que con aquellos pobres cuervos de familiares, se puso á sus anchas. Figuraos que muchos de ellos no han en su vida tentado mas arma que el rosario.

—Bien ¿pero ahora, qué hacemos?