Cerca del puente de San Francisco, Teodoro sintió que le tocaban un hombro, volvió el rostro y reconoció á Garatuza.

—Don Martin—le dijo deteniéndose.

Teodoro—contestó Martin—¿qué andais haciendo así, sin sombrero, á estas horas y con esas dos damas?

—Me ha pasado—contestó Teodoro, no queriendo decir la verdad—un lance desagradable con una cuadrilla de amigos del virey, que encontré por esas calles adonde salí por la novedad del entredicho: perdido mi sombrero me dirijia para mi casa, y esto es cuanto ha sucedido.

—Pues oidme—dijo Martin hablando muy bajo—seria prudente que no fueseis allá.

—¿Por qué?—preguntó Teodoro.

—La justicia—contestó Garatuza—ha allanado vuestra casa, os busca.

Teodoro quedó pensativo.

Si quereis seguir un consejo, esperemos un poco, ó vamos á dejar á estas damas, que será lo mejor, á mi casa y luego vendremos los dos solos á rondar por la vuestra á inquirir lo que ha sucedido.

—¿Y vivis lejos?