—Sí Don Alonso, el edicto de los inquisidores contra mi hermana Doña Blanca por su fuga del convento, y por su matrimonio, me deshonran, y esas voces esparcidas por todas partes y que me hacen aparecer como causa de la miseria pública por mi codicia, me han causado tal número de enemistades que ya lo veis, no me atrevo ni á salir á la calle, sin contar con que el virey sabiendo lo que se dice de mí, y que á él se le culpa tambien de protejerme, con su genial franqueza me ha ordenado, que no vuelva á poner los piés en palacio. En todo esto descubro las manos de mis enemigos, de Luisa, de esa muger infernal á quien es preciso castigar, de una manera terrible.
—¿Y ha llegado á veros Don Cárlos de Arellano, á quien enviasteis á llamar?
—Sí, y el me ha propuesto un medio de venganza, que aun cuando á mí no me parece tan terrible, como yo deseara, sin embargo, él me asegura que lo será.
—¿Y cuál es?
—Permitidme, que no os le diga, prometiéndoos solamente que asistireis á la ejecucion.
—Y hablando de otra cosa, ¿sospechais quién pueda ser el hombre que se atrevió á casarse con Doña Blanca?
—No, pero para mayor deshonra nuestra, creo que será algun villano, quizá un mulato de esos que no tienen temor ni á Dios, ni al diablo.
—Pues mirad lo que son las cosas, que yo héme fijado sin saber por qué, en Don Cesar de Villaclara.
—Si fuera así, necesitariase castigar á Don Cesar terriblemente; pero mas me figuro, que mas os habeis fijado en eso á causa del rencorcillo que le guardais, por aquella estocada de marras.
—De ninguna manera, que al volver de su destierro, nos hemos encontrado y apesar de que ni él ni yo hemos olvidado el lance, os juro que hablamos como si nunca de antes nos hubiesemos conocido.