—El demonio, que se empeña en perseguirme: anoche saliendo á buscaros, he encontrado con el virey á quien conocí, pero de quien ya no pude huir; me hechó encima la ronda y me trajeron aquí.
—¿Y Blanca?—Preguntó Don Cesar.
Libre y segura en la casa de Martin, ese á quien le dicen Garatuza, cerca del monasterio de San Francisco; podeis ir á verla, y arreglar vuestras cosas, porque segun tengo entendido y vos comprendereis conociendo el carácter del virey y como andan las cosas de la tierra, yo no saldré de aquí sino para la horca.
—¿Quién sabe? No debeis perder la esperanza.
—Si de Dios no viene el remedio, lo que es del virey, no lo espero que tan me cuelgan como ser hoy de dia. Hacedme el favor de avisar la suerte que he corrido á mi muger, que está con Doña Blanca y no la abandoneis: en cuanto á mí, perded todo cuidado que lo mismo me dá morir en la horca, que de un tabardillo.
—Quizá una revelacion vuestra, pudiera salvaros.
—Ni soy yo el que ha de cantar, ni el virey el que ha de atemorizarme con su justicia; dejad eso y ocupaos de Doña Blanca y del favor que os he pedido.
En estos momentos habia cesado repentinamente el espantoso rumor que habia siempre en los patios de la prision: los presos habian quedado en un silencio profundo, y por el lado del despacho de la Audiencia, se percibia un ruido inmenso, como el de diez mil voces que se levantasen juntas, como de una multitud de gentes que caminasen hablando, disputando, gritando.
—Alguna cosa estraña debe pasar—dijo Teodoro—porque hay un silencio en la prision, como no le hay ni á la media noche.
—Y á lo lejos—agregó Don Cesar—se escucha un rumor como si hubiera en el palacio un gran tumulto.