—Alguna cosa grave pasa en el palacio, en este momento.
—Voy á informarme—dijo Don Cesar saliendo precipitadamente—volveré á veros que tengo una órden amplísima del virey.
Todos los presos estaban en los patios y en los corredores en el mayor silencio, apiñados y procurando escuchar, el rumor de las calles que parecia acercarse mas y mas á cada momento.
El patio, la escalera y la sala de la Audiencia presentaban el espectáculo mas estraño.
El Arzobispo en una silla de manos se habia hecho conducir á la Audiencia, y aunque no llevaba por delante la cruz, tal era el acompañamiento que le seguia, y tal el escándalo con que marchaba, que cuando en la silla llegó á la puerta de la sala de la Audiencia, un inmenso y alborotado concurso invadia ya los patios, las escaleras y los corredores de palacio. Hombres y mugeres de todas clases; beatos, clérigos y seculares todos mezclados, confundidos, irritados, hablaban y gritaban sin que nada pudiera entenderse.
Dos personas iban á los lados de la silla del Arzobispo hablando con él, animándole y exaltándole, el uno era nuestro conocido Martin Garatuza que vestia una sotana y una turca, como gente de iglesia, y la otra una muger enlutada y cuidadosamente cubierta con un velo negro. Era Luisa que no abandonaba al prelado en aquellos momentos.
Estaban en Audiencia pública los oidores Don Paz de Vallecillos, Don Juan de Ibarra y Don Diego de Avendaño, los tres al presentarse el Arzobispo en la sala, seguido de aquel numeroso concurso, se levantaron de sus asientos y bajaron de los estrados adelantándose á recibir al Arzobispo.
—¿Qué manda su Señoría Ilustrísima?—preguntó cortesmente el oidor Vallecillos.
—Justicia pido—respondió á grandes voces el Arzobispo—justicia pido, y espero obtener de S. M. el rey mi Señor y de vos que sois sus representantes, y hasta obtenerla cumplida no me moveré ni me separaré de aquí, aunque entendiese que me costaba la vida y que vos me mandabais hacer pedazos; aquí están mis peticiones, recibidlas y proveereis en justicia.
Los gritos de ¡viva el Arzobispo! y ¡justicia! atronaban el palacio: los tres oidores estaban confundidos; aquello era una verdadera sedicion.