—Señor—dijo Don Diego de Avendaño—ni la Audiencia ha negado jamas la justicia, á quién la tiene, ni es esta la manera en que debiais pedirla, ni seria honroso para la Audiencia recibir así vuestras peticiones, retírese Su Ilustrísima, y ocurra como debe, con la seguridad de que nadie le negará la justicia.

—No me retiraré—contestó á gritos el Arzobispo sentándose en uno de los sillones que habia en la Audiencia—y antes me hareis pedazos que consigais el que yo me retire, sin que hayais provisto mis peticiones.

Otro nuevo aplauso de la muchedumbre, cubrió las últimas palabras del Arzobispo.

Los oidores mandaron consultar con el virey.

El de Gelves les contestó que entrasen á tratar con él del negocio, y el Arzobispo quedó dueño de la sala de Audiencia con la multitud que le acompañaba.

—Fieles que me acompañais en estas persecusiones y tribulacion de nuestra santa madre iglesia, os cito por testigos ante Dios y S. M. el rey, de que las peticiones que he traido, no me son admitidas por la Audiencia, y las deposito bajo el dosel y en la mesa de sus acuerdos.—Y levantándose majestuosamente atravesó el salon, y en medio de los gritos y de los aplausos, depositó bajo el dosel y en la mesa, las peticiones que traia.

La puerta que comunicaba con el aposento del despacho del virey se abrió en este momento, y el secretario apareció notificando al Arzobispo, por ruego y encargo de la Audiencia, que se retirase porque se proveeria en justicia, y para esto no era alli necesaria su presencia.

—Justicia pido, y no me retiraré de aquí hasta que no se me haga cumplida.

El secretario se retiró y el Arzobispo volvió á su sillon.

—Valor, Ilustrísimo Sr.—dijo Luisa por lo bajo al Arzobispo—que las cosas marchan perfectamente, y todos los vuestros están aquí para defenderos.