El influjo de la familia del conquistador habia sido y era muy grande en toda la Nueva España, pero principalmente en la capital.
El marqués del Valle atravesó seguido de su comitiva, y habló al pueblo.
Los sediciosos se calmaron, se apagaron las puertas del palacio, y el marqués entró en el interior de él, dejando á su comitiva como de guardia en dichas puertas.
El virey y el marqués del Valle conferenciaron largo tiempo, y el del Valle consiguió por fin una órden del virey para que el Arzobispo volviese á México.
Con esta órden se creyó calmar al pueblo y sosegar el tumulto. El marqués envió una carroza y unos criados en busca del Arzobispo despachándole la órden para su regreso, y salió él mismo á su encuentro seguido de su comitiva.
La noticia de estas novedades circuló en el pueblo, pero ni un solo individuo se separó de la plaza, á pesar de que vieron atravesar al marqués del Valle, al marqués Montemayor, y al inquisidor mayor Don Juan Gutierrez Flores, que iban al encuentro del Arzobispo.
Los frailes de San Francisco quisieron ayudar al virey, y entraron en la plaza gritando:—«Paz,» y levantando como bandera un hábito de San Francisco.
Los clérigos se arrojaron sobre ellos, y los franciscanos volvieron á su convento llevándose sin embargo á una gran cantidad de indios que les seguian.
Todo el dia permaneció la gente en la plaza, y ya en la tarde parecia comenzar á calmarse, cuando se circuló la noticia de que la Audiencia habia mandado intimar prision al virey.
Por una de las ventanas de la casa de cabildo asomó Don Pedro de Vergara Gavina, é hizo seña de que queria hablar.