El Oidor se levantó y salió de la sala, haciendo mil reverencias al virey.

—¡Villanos!—Esclamó el de Gelves, cuando le vió desaparecer—tiemblan como unos criminales á la presencia de su juez, porque su conciencia está turbada y con hipócrita falsedad quieren hacerme creer en su lealtad, y en sus buenas intenciones. ¡Ah! si yo pudiera contar aquí siquiera con cien jinetes...............

El virey lanzó un suspiro y volvió á continuar en sus paseos.

Entretanto el Oidor Vergara habia llegado á la plaza, agitando su pañuelo blanco como señal de paz.

Todos los que estaban en las ventanas y con los ojos fijos en las puertas de palacio vieron las señas de Don Pedro, y en todas partes comenzaron á agitarse lienzos blancos, y por todas partes comenzaron á escucharse los gritos de «paz,» «paz.»

La gente se abria para dejar pasar á Don Pedro de Vergara, y á otros oidores que con él se habian reunido, formándoles una ancha calle, y ellos en vez de continuar aquietando el tumulto, se entraron á las casas consistoriales.

El pueblo comprendió que los oidores tomaban partido contra el virey; desde aquel momento la sedicion se creyó amparada por la ley.

La flámula arrancada de las ventanas de palacio fué quitada de Catedral, y ofrecida á los oidores como pendon real.

Los sediciosos habian hecho un empuje y comenzaban á arder las puertas de palacio.

En estos momentos por una de las calles desembocó en la plaza una soberbia cabalgata, á la cabeza de la cual iba el poderoso marqués del Valle, descendiente por línea recta del conquistador de México Don Hernando de Cortés.