Osorio y Villaclara le contestaron con una ligera inclinacion de cabeza.

—¿Qué me decia el señor Oidor?—preguntó el virey, ofreciendo un asiento á Don Pedro, y sentándose él á su lado.

—Señor—dijo el Oidor, sin saber verdaderamente por donde comenzar aquella conferencia—venia á ofrecerle á S. E. mis servicios para calmar esta sedicion.

—¿Creeis vos poder calmarla?

—Estoy casi seguro de conseguirlo.

—En tal caso, mal habeis hecho en no haberlo ya verificado; que ofensa es á Dios y á Su Majestad el permitir desacatos como los que ahora se cometen, pudiendo impedirlos, y tan culpable será quién los promueva, como el que pudiendo no los evite.

—Señor—tartamudeó el Oidor.

—Si vuestro ánimo es á lo que decis evitar ese escándalo, creo que debiérais apresuraros, que no será á mí á quién tal servicio presteis, sino á Su Majestad (que Dios guarde) con la calma y pacificacion de sus reinos.

—Entonces, si me dais permiso, saldré á procurar que todo el mundo se retire á su casa.

—Id, señor Oidor, que hace tiempo que esto mismo debiérais haber hecho.