Con poca gente contaba el marqués de Gelves para la resistencia; sin prevencion alguna para un lance de aquella naturaleza, el parque para los arcabuces era escasísimo, y en lo que se llamaba armería no existian mas que algunas alabardas y picas rotas, y algunas ballestas y arcabuces completamente inútiles, de tal manera, que el virey no habia podido ni armar á la servidumbre de palacio.

El Oidor Vergara penetró hasta el aposento del virey.

El marqués de Gelves se paseaba pálido y sombrío en el salon de su despacho, sin hablar una palabra á nadie, y apretando de cuando en cuando los puños convulsivamente.

La situacion del marqués de Gelves no podia ser mas violenta ni mas comprometida. Satisfecho de la justicia de su causa; seguro de las torcidas intenciones de sus enemigos; dotado de un valor indomable y de una resolucion á toda prueba, se encontraba reducido á una cruel estremidad, que lo ponia en la disyuntiva de hacer una capitulacion vergonzosa con sus enemigos, ó sucumbir abrumado por las fuerzas de sus contrarios.

Consideraba el pequeño número de los defensores de palacio, y luego asomándose tras de una cortina contemplaba la inmensa muchedumbre que, semejante á un mar irritado, se agitaba llenando la plaza, y todas las calles de los alrededores hasta donde alcanzaba la vista.

De cuando en cuando, de aquella multitud, se levantaban gritos y rujidos atronadores como el estampido de un rayo, y en las ondulaciones de aquella inmensa masa humana, el brillo de las armas venia á penetrar por las ventanas de palacio.

El marqués de Gelves sentia entonces no el desaliento del cobarde que tiembla del peligro, sino la desesperacion del hombre de valor que se convence de su impotencia.

El Oidor Vergara se dirijió al virey casi temblando. Aquel hombre imponia á sus enemigos respeto aún en medio de su desgracia.

—¿Qué anda haciendo en medio de esta tempestad, el señor licenciado Don Pedro de Vergara Gaviria?—dijo el virey tendiéndole la mano.

—Venia con el objeto de hablar con Su Excelencia para procurar un medio de calmar esta tempestad—contestó el Oidor,—y luego dijo dirijiéndose á Don Cesar de Villaclara y al secretario Cristóbal de Osorio, que conversaban en la misma pieza en el alfeizar de una ventana.—Dios guarde á vuestras mercedes.