El escribano puso el auto y la órden para la comparecencia de Sor Blanca, y agitó una campanilla de plata que habia sobre la mesa.

Un familiar se presentó, y el escribano le entregó la órden.

Trascurrió un cuarto de hora cuando se abrió la puerta de las prisiones, y Blanca conducida por dos carceleros, que tenian las caras cubiertas con sus capuchones, penetró en la sala de Audiencia.

Blanca estaba sumamente pálida, sus ojos brillantes y enrojecidos por el llanto, se fijaban espantados en la figura del inquisidor, y en el estraño adorno de la sala.

La jóven se adelantó vacilando, y casi sostenida por los carceleros, hasta llegar cerca del escribano.

Entonces los carceleros se retiraron y Doña Blanca tuvo que apoyarse contra la barandilla para no caer.

—Tomadle el juramento—dijo el inquisidor.

—¿Jurais á Dios y á su Madre Santísima—dijo solemnemente el escribano—y por la señal de la cruz, decir la verdad y todo cuanto se os preguntare, á cargo de este juramento?

—Sí juro—contestó Blanca, llevando á sus labios su mano derecha, con la que habia formado la señal de la cruz.

—Estais acusada y denunciada de herejía, y de tener pacto con el demonio—dijo el inquisidor.