—Señor—contestó Blanca, otras serán mis culpas por las que Dios tendrá que castigarme; pero ya tengo declarado que sobre esos capítulos en nada me remuerde mi conciencia.
—Sentaos, dijo el inquisidor.
Blanca se sentó en un banquillo sin respaldo, que estaba cerca de ella.
—¿Persistís en no confesar?—prosiguió el inquisidor—puede eso traeros fatales consecuencias.
—Dios dispondrá de mí, segun su voluntad; pero yo no soy culpable de esos delitos de que se me acusa.
—Vamos, inútil es con vos la dulzura y el convencimiento: si no teneis pacto con el diablo, ¿cómo habeis logrado salir del convento en donde estabais encerrada?
—Ya he dicho que con una depositada que tenia las llaves de todas las puertas.
—¿Insistís aún en vuestra falsedad? Porque ya se os ha dicho que segun las declaraciones de todo el convento, esa muger á quien haceis referencia, y que segun dijísteis se llama Felisa, no ha faltado del convento ni una sola noche, ni el sacristan de la iglesia ha dejado un solo dia de cumplir exactamente con su obligacion, y hance encontrado en vuestra celda las alhajas que dijísteis haberse llevado la Felisa; asi es que solo por artes diabólicas pudisteis haber salido del convento estando todas las puertas cerradas, y haber inventado esa fábula con que quisisteis engañar al Santo Tribunal de la Fé.
—Juro por Dios que nos escucha—contestó Blanca—que todo lo que he referido es lo que aconteció, y no mas; y aunque no podré esplicar cómo esa muger estaba dentro del convento y no ha faltado de allí ni una sola noche, me afirmo en que es ella quien de allí me ha sacado.
—Haced constar señor escribano—dijo el inquisidor—que esta muger se obstina en su negativa, en cuanto á tener pacto con el diablo.