El escribano estendió la declaracion.
—En cuanto al capítulo de herejía—dijo el inquisidor—declaradamente no podreis negarlo, porque habeis confesado haber contraido matrimonio con Don Cesar de Villaclara, habiendo hecho voto de castidad y de clausura, por lo que él y vos, asi como todas las personas que os ayudaron, estais declarados herejes y relapsos y dignos de las mayores penas con que nuestra Madre la Santa Iglesia, y el Santo Tribunal de la fé en nombre de Dios ofendido, castigan á los que tales estremos tocan.
—¡Ah señor!—dijo Blanca, temblando con la sola idea de que Don Cesar podia llegar á caer en manos de la inquisicion—haced conmigo lo que querais, condenadme al tormento, mandadme á la hoguera, destrozad mis carnes y mis nervios, reducid á cenizas mi cuerpo; pero por Dios, señor, por la religion de Cristo, por la memoria de vuestros padres, por el alma que teneis que salvar, no envolvais á Don Cesar en mi culpa ni en mi castigo. Él es inocente, os lo juro, es la verdad; miradme aquí pronta, dispuesta á sufrirlo todo, pero á él no, no, por Dios, os lo repito, es inocente, yo le he engañado, le he burlado, yo le oculté que era religiosa; le hice creer que era libre porque le amaba, por eso me he arrojado en este abismo. ¡Ah, señor inquisidor! ¿Vos no sabeis lo que es una pasion? Entonces no me juzgueis, porque no podeis comprenderme, yo soy aquí la culpable, pero él no, él no; os lo juro en nombre de Dios que nos oye.
—¿Confesais pues?—dijo con la misma indiferencia que antes el inquisidor y sin inmutarse ni afectarse con la creciente exaltacion de Blanca.
—¿Y qué quereis que confiese?
—Vuestra herejía al haber contraido tan sacrílego matrimonio, estando ligada á Dios por vínculos tan sagrados.
—¿Y cómo quereis que yo confiese semejante cosa? Yo he pronunciado esos votos de consagrarme á Dios en el claustro por fuerza, contra toda mi voluntad, y Dios no puede haberme aceptado ese sacrificio, porque Él estaba leyendo en mi pecho y en mi pensamiento; porque Él sabia que aquellas palabras, que al salir de mi boca quemaban mis labios, no eran la verdad, no eran lo que sentia el corazon: que yo le amaba sobre todas las cosas de la tierra, pero no estaba dispuesta, no era mi voluntad, no queria pertenecer al claustro. Si yo he abandonado el convento, era porque me sentia libre, porque como ya he declarado, el Pontífice disolvia los vínculos que me ligaron; por eso pude entregar mi mano á Don Cesar, por eso pude darle mi corazon, él es mi esposo verdadero ante Dios y ante los hombres, y aunque el mundo crea lo contrario, y aunque juzgue indisolubles los lazos que antes me ataban, yo sé, porque Dios me lo dice en mi conciencia, que Don Cesar es mi esposo, y que no he ofendido á la Divinidad con haberme unido á él.
Blanca había dicho todo esto como presa de una fiebre, como delirando.
—Inútil será proseguir esta diligencia—dijo el inquisidor, asentad, señor escribano, que esta muger ni reconoce sus crímenes, ni abjura de sus errores, é insiste en negar su confesion, y que en consecuencia se le sujete por su contumacia á la cuestión de tormento ordinario y extraordinario hasta obtener su confesion.
—¡Piedad señor!—esclamó Blanca, cayendo de rodillas—¡piedad!