La energia que habia sostenido á la muger amante, desapareció ante la idea del tormento.

Las relaciones de los dolorosos sufrimientos que servian al Santo Oficio, como el medio infalible para arrancar de la boca de sus víctimas una confesion, las mas veces falsa, circulaban por todas partes.

La palabra tormento no sonaba entonces como ahora, vaga

y sin despertar en el alma un verdadero sentimiento de terror: en aquella época el hombre mas enérgico y mas dispuesto á arrostrar la muerte, sentia helarse de espanto su corazon á la sola idea de verse en la cuestion del tormento; y muchos desgraciados se confesaron culpables de crímenes que jamás se habian cometido, prefiriendo morir en el garrote ó en la hoguera, á pasar por aquella sucesion de dolorosas y sangrientas pruebas.

Blanca sintió todo el horror de su situacion, y su energía la abandonó.

El escribano tocó la campanilla y volvieron á aparecer los dos carceleros.

—De órden del señor inquisidor esta muger á la sala del tormento.

—Por Dios, señor inquisidor, ¡piedad! yo diré—decia Blanca, queriéndose arrodillar á los piés del inquisidor—dejadme, dejadme rogarle—y hacia esfuerzos por desprenderse de los carceleros, ó por conmoverlos; pero aquellos hombres acostumbrados á ver esta clase de escenas, no se inmutaban siquiera.

Y tomando á Blanca entre los dos, á pesar de sus ruegos y de sus lágrimas, y de su desesperacion, la condujeron hasta la puertecilla que tenia encima escrita la prohibicion de entrada para los que no fuesen del secreto.