En el fondo de la sala habia un dosel rojo, con un Cristo debajo en una plataforma, un sitial para el inquisidor, y mas abajo la mesa y el sitial para el escribano, de tal manera, que el inquisidor, lo mismo que el escribano, tenian el rostro vuelto hácia á la víctima, quedando uno mas elevado que el otro.
Por la misma puerta que habia dado entrada al inquisidor, penetró despues en la sala el fraile que entonces hacia de confesor de los reos, que era, por decirlo así, como el jefe de los demas frailes ó clérigos que acompañaban al suplicio á todos los criminales, y cuya verdadera mision era atormentar moralmente, y aterrorizar á los desgraciados que caian en poder del Santo Oficio.
—Acercad á esa muger—dijo el inquisidor, cuando hubo tomado asiento.
Los familiares condujeron á Doña Blanca cerca del juez.
—Mira lo que vas á padecer—le gritaba el confesor que se llamaba Fray Diego—tus carnes se abrirán, tu sangre goteará y correrá, tus músculos se harán pedazos, y sentirás todos los tormentos del infierno en esta vida y en la otra; confiesa desgraciada.........
—Acercaos, y decid ¿continuais sosteniendo lo que habeis dicho, é insistiendo en vuestra negativa?—Preguntó el inquisidor.
—Señor, por Dios—contesto Blanca—no tengo otra cosa que decir.........
—Basta, comenzad—dijo el inquisidor.
Todos los familiares rodearon á Doña Blanca y el confesor se apartó un poco.
Doña Blanca no comprendia por donde iba á comenzar el tormento, pero temblaba de tal manera que se sostenia en pié, merced al apoyo de los carceleros.