En un instante quedó Doña Blanca enteramente sujeta: entonces le parecia que soñaba, veia á aquellos hombres tocarla por todas partes con sus toscas manos, sin respeto, sin decencia, sin miramiento alguno, y no sentia ya ni encenderse su rostro por el rubor: habia casi perdido la sensibilidad del alma.
El escribano no cesaba de repetir:
—Se le amonesta á que diga la verdad si no se quiere ver en tan gran trabajo.
Pero ella no escuchaba nada.
Todos rodearon aquella mesa en donde estaba tendida Blanca, mirando para todas partes con ojos, no ya de asombro, sino de estupidez.
El inquisidor hizo una seña, llamó á los atormentadores, dió la primera vuelta á una de las ruedas, y Blanca como volviendo repentinamente en sí se estremeció y lanzo un grito de dolor.
—Se le amonesta que diga la verdad si no quiere verse en tan duro trance—dijo impasiblemente el escribano.
Blanca no contestó, estaba espantosamente pálida, volvió los ojos á donde estaba el inquisidor y dos lágrimas como dos diamantes rodaron de sus ojos.
El segundo verdugo dió una vuelta á la rueda del brazo izquierdo.
—¡Jesus me acompañe!—esclamó la desgraciada arrojando la voz como de lo mas hondo de su pecho.