—Se le amonesta que diga la verdad—volvió á repetir el escribano, y esperó la respuesta.

Los inquisidores no daban un tormento agudo; pero pasagero, se prolongaba el dolor, se hacia lento, se iba aumentando en intensidad, y todo para hacerlo mas cruel para conseguir una confesion.

Blanca seguia llorando.

La rueda de la pierna derecha dió una vuelta.

—¡Dios mio! ¡Dios mio! qué dolor tan horrible—decia Blanca.

Pasó un momento y la rueda de la pierna izquierda dió tambien la vuelta.

—¡Madre mia! ¡madre mía!—gritaba Blanca—aquellos cuatro dolores intensos, horrorosos, hacian temblar sus carnes y comenzaban á agitar su respiracion.

La rueda del brazo derecho jiró por segunda vez, y entonces la jóven no pudo contenerse.

—Señor, señores, por Dios, ¡ay! ¡ay! que me rompen los brazos: por Dios, ¿qué he hecho yo? ténganme compasion ¡ay!

Y sus lágrimas corrian sin cesar.