—Se le amonesta que diga la verdad.

—Pero si ya dije, ya dije, por Dios, por su Madre Santísima—¡ay! ¡ay!—en este momento daba la segunda vuelta la rueda del brazo izquierdo—me rompen los brazos—gritaba la infeliz—por Dios, déjenme porque la he dicho la verdad, lo juro—lo juro.

—Se le amonesta á decir la verdad..........

—Pero si ya lo he dicho todo.

La rueda de la pierna derecha jiró segunda vez.

Y jiró tambien la de la izquierda.

Imposible fuera describir la agonia de aquella desgraciada criatura, sus lágrimas, sus gritos, sus sollozos, sus ruegos y sus lamentos.

Cuando las ruedas acabaron de dar la tercera vuelta, habia trascurrido media hora de tormento, y Blanca no era ya la jóven hermosa y cándida que hemos conocido.

Sus ojos estraviados parecian quererse saltar de sus órbitas; rodeados sus párpados de un círculo morado y azul daban á su rostro espantosamente pálido un aspecto que horrorizaba; con los labios y la lengua enteramente secos, con una crispatura repugnante en la boca que hacia dejar descubiertos sus dientes blanquísimos, con la frente inundada de un sudor frio y viscoso que hacia pegarse allí sus cabellos—Blanca que era una hermosura, en aquel momento causaba espanto.

Su pecho se agitaba como un fuelle, arrojando un aliento pequeño y entre cortado.