Y nada habia declarado.

Pero tambien ¿qué habia de decir?

Habia quedado ya como desmayada, no gritaba, no se estremecia, no se quejaba; apenas unos gemidos débiles se escapaban de cuando en cuando entre su jadeante respiracion.

—Se ha desmayado—dijo el escribano.

—Tal vez sea una astucia, de las que acostumbran tan comunmente los reos—contestó el inquisidor—Que se dé otra vuelta entera para probar.

Doña Blanca habia cerrado un instante los ojos como vencida por el sufrimiento.

A la voz del inquisidor las cuatro ruedas giraron simultáneamente.

Los huesos de Blanca produjeron una especie de crujido siniestro. La jóven como un cadáver galvanisado, se estremeció hasta en sus cabellos, abrió los ojos estraordinariamente y volvió á todos lados la mirada, como si fuera á perder la razon y esclamó con una voz que nada tenia de humana.

—¡Jesus me ampare!

Y quedó desmayada.