—Veis como no estaba desmayada—dijo el inquisidor.

—Se le amonesta á que diga la verdad—repitió el escribano.

Blanca no se movió, y las ruedas volvieron á girar.

Entonces la jóven no dió indicio de haber sentido nada.

—Ahora sí puede suspenderse la diligencia—dijo el inquisidor—para continuarla cuando vuelva en sí.

Los verdugos soltaron las ligaduras y Blanca continuó insensible.

—Dad fé señor escribano—dijo el inquisidor—de que no tiene ningun miembro roto ni descompuesto.

El escribano y los verdugos pasearon sus impuras manos por todo el cuerpo de la infeliz víctima.

El escribano asentó que en la diligencia del tormento no habia Doña Blanca perdido ningun miembro y se retiraron á descansar al fondo de la sala mientras que podia continuarse la diligencia.

Blanca quedó abandonada sobre la mesa; desnuda como un cadáver en el anfiteatro y mostrando las señales de su horrible tormento. Si Don Cesar pudiera haberla visto habria muerto de dolor.