III.
De lo ocurrido en la ciudad despues del motin.
GRAN parte de la noche, del dia en que aconteció el motin, siguió ardiendo el palacio y se enviaron allí algunos hombres para cortar el fuego que se habia apoderado, de lo que él llamaba las cajas reales.
El saqueo y la destruccion habian sido completos; en las habitaciones del virey nada se respetó, y apellidando «religion, y muera el hereje» los sublevados no dejaron de robarse ni los vasos sagrados, ni los ornamentos de la capilla.
El marqués de Gelves se refugió con Don Cesar en el convento de San Francisco, pero el licenciado Don Pedro de Vergara hizo rodear todo el convento de tropa para impedir que el fugitivo tuviese comunicacion con algunas personas.
Luisa se retiró con Don Melchor en cuanto hubo cerrado la noche, y les llegó la noticia de que el pueblo habia allanado palacio y que el virey se habia retraido á San Francisco.
Luisa ignoraba aún lo que habia acontecido al Ahuizote, y estrañaba que no hubiera cumplido con sus prevenciones, segun las cuales, si el tumulto tenia el éxito que se aguardaba, el Ahuizote debia conducir á la plebe á la casa de Don Pedro de Mejía, incendiarla y buscar á éste para matarle.
A cada momento Luisa esperaba saber que estaban ya los sediciosos en la casa de Don Pedro, porque se sabia que ya habian atacado varias, y entre ellas la de Cristóbal de Osorio el secretario, pero pasó la noche y nada hubo.
A la mañana siguiente el tumulto habia cesado, pero la alarma era espantosa en la ciudad, á cada momento habia carreras en las calles, y portazos y gritos porque circulaban mil noticias á cual mas alarmantes, ya de que los indios de Santiago venian en son de guerra contra la ciudad, ya de que los negros bozales bajaban de los montes sobre México.
Luisa vistió muy temprano su traje de hombre, y seguida de cuatro lacayos, se dirijió á palacio á procurarse noticias del Ahuizote, y saber porque no habia cumplido con sus órdenes.
Multitud de curiosos invadian la plaza y todo el lugar del combate, y aun no habia cuidado nadie de hacer levantar los cadáveres que yacian tirados en las escaleras, en los corredores, y en los mismos aposentos, entre su misma, sangre; algunos conservaban sus ropas y otros habian sido desnudados.