Las gentes formaban círculos en derredor de estos cadáveres procurando averiguar sus nombres si no les conocian, ó comunicándoselos en caso de saberlos.
Luisa pensó.
—Puede que haya muerto, y comenzó á rejistrar los cadáveres.
Se retiraba ya segura de que no estaba entre ellos el Ahuizote, cuando oyó decir que en la misma cámara del virey habia otro muerto, y hácia allá se dirijió.
Una multitud de curiosos rodeaba el desnudo cuerpo de un hombre que tenia la garganta atravesada por una terrible estocada.
No hizo mas que verle Luisa y le reconoció; pero aquella alma de fiera, no tuvo ni un dolor, ni un suspiro para el hombre que habia muerto sirviéndola. Se tapó con disgusto las narices y se retiró diciendo en su interior:
—¿De quién me valdré ahora?
Al salir de palacio atravesaba el Arzobispo llevado en una silla de manos, y seguido de muchos clérigos y pueblo que le victoreaban; conoció á Luisa, y con esa espancion que sienten todos los hombres despues de un triunfo, la hizo una seña para que se acercase.
—Completo ha sido el triunfo—dijo el prelado.
—Sí señor, completo—contestó Luisa.