—Y con pocas pérdidas.

—Sí señor, aunque yo he tenido una muy grave.

—¿Cuál?

—¿Recuerda Su Ilustrísima aquel hombre de confianza de que le hablé que le llamaban el Ahuizote?

—Sí que le recuerdo.

—Pues ha muerto.

—Murió, (R. I. P.) ¿y en dónde?

—En la cámara misma del virey, atravesado de una estocada que quizá, el de Gelves mismo le haya dado.

—Es muy posible; pero ahora es necesario hacer por ese hombre cuanto sea dable, voy á dar órden de que se le hagan unas honras suntuosas y un entierro régio; ya vereis si soy agradecido. Dad órden á vuestros criados de que recojan el cuerpo y le pongan en una caja y le lleven á depositar á la capilla del Arzobispado: ya vereis señora, ya vereis. Adios, no se os olvide, y decid á vuestro esposo que le espero esta tarde para hablar de negocios que importan á la salud del reino.

El prelado sonó la caja de la silla con la mano, y los lacayos que la llevaban echaron á andar.