—Vamos en nombre de Dios—dijo Don José.
Las dos brochas se empaparon en el líquido y comenzaron á recorrer el cuerpo de Luisa.
—Hermosa muger—dijo Don Cárlos.
Don José volvió á mirarla, y sus ojos parecian de fuego. Don Cárlos se calló y continuó la operacion.
No parecia sino que se trataba de barnisar una estátua, segun el cuidado y la delicadeza con que trabajaban aquellos dos hombres.
Los torneados miembros de Luisa tomaban el color negro y brillante del ébano, el líquido se secaba inmediatamente, y Don Alonso iba envolviendo en los lienzos, que le habia dado Don José, todas las partes del cuerpo.
Llegó por fin la pintura al rostro y á la cabeza y entonces se observó que el pelo se retorcia y se encrespaba, y que la nariz se recojia un poco, dilatándose mas sus poros. Don Alonso cubrió la cabeza y Mejía y Arellano dejaron las brochas.
—Os advertí—dijo Abalabide á Don Pedro—que cuidárais mucho en no mancharos, y la brocha seguramente os ha salpicado, porque teneis tres lunares nuevos en la frente.
Don Pedro se acercó á un espejo y se miró en efecto tres manchas de aquella tinta encima de la ceja izquierda, sacó su pañuelo y procuró limpiarse.
—Es inútil cualquiera diligencia, vuestro cadáver llevará todavía esas tres manchas—dijo Don José.