Media hora despues Abalabide dijo á los demas.

—Es necesario volver á vestir á esa muger.

Se acercaron á la mesa, y separando los lienzos volvieron á ver á Luisa. Era imposible figurarse un cambio mas completo; no solo su color habia variado, sino que tenia todo el aspecto de una negra: su pelo pequeño, crespo y duro, sus labios hinchados y salientes, su nariz gruesa y achatada, todo le daba un aspecto estraño.

—¡Negra!—dijo Arellano.

—Y para siempre—contestó Abalabide—vestidla.

Sin replicar volvieron todos á vestir á Luisa.

—¡Horrible castigo!—esclamó Don Alonso.

—Y que nunca sabrá ella de dónde le ha venido—contestó Don Pedro.

Luisa estaba completamente vestida.

—Llevadla—dijo Don José—y cuidad Don Cárlos de ponerla en la calle, tan pronto como sea de noche, procurando conducirla lo mas lejos que sea posible.