—Oyeme—le dijo Luisa atrayéndolo de una mano—si me consigues que hable yo siquiera un momento con el Capitan general Don Pedro de Vergara, y si envias á llamar á Don Melchor Pérez de Varais, prometo hacerte tan rico como no lo has soñado nunca.
—¿Será muy rica mi señora correjidora?—preguntó el carcelero sonrriéndose.
—Sí—contestó Luisa—muy rica soy.
—¿Pero muy rica?
—Mucho, mucho—tú lo veras, te daré oro, piedras preciosas, cuanto quieras, pero envia á llamar de mi parte al Capitan general, y á mi esposo.
—¿Y vendrán?
—Inmediatamente.
—Bueno, pues ahora mismo voy á llamarles yo.
—¿De veras?
—Ya lo vereis, esperadlos.