El carcelero salió y cerró la puerta. Luisa quedaba muy consolada, pero sintió helarse su sangre, cuando al través de la puerta oyó que aquel hombre decia á los que habia allí:

—Este pobre negrito está loco de remate; pero mientras lo tengan aquí fuerza sera llevarle el barreno para que no se ponga furioso.

A pesar del hambre que la devoraba, Luisa no pudo probar un bocado: se sentó en un rincon y se puso á llorar de rabia.

La anécdota circuló por la ciudad, y llegó, como era natural, á los oidos de Don Pedro de Vergara, que gobernaba en nombre de la Audiencia.

Don Melchor creyó que Luisa satisfecha con su venganza, se habia separado ya de él, segun se lo habia ofrecido, y esperó dos dias; Luisa no pareció y D. Melchor, de acuerdo con la Audiencia, determinó volverse á su provincia de Metepec.

Quizo dar su despedida al Capitan general, á quien tanto debia, y se encaminó á palacio.

Don Pedro de Vergara Gaviria estaba con su secretario en el acuerdo cuando Don Melchor se presentó.

—Señor Don Melchor—dijo alegremente Don Pedro—cuánto me alegra el veros por aquí, que hace poco que de vos nos ocupábamos.

—Venia á despedirme y á tomar órdenes de V. E., que pienso salir mañana, Dios mediante, para la provincia de Metepec.

—Cuánto me alegro—contestó Vergara—y supongo que no llevareis con vos á vuestra esposa.