Vergara hacia referencia á la anécdota del negro, que suponia al alcance de Don Melchor; pero éste preocupado con la desaparicion, supuso que estaba en conocimiento del Capitan general aquel lance, y le turbó de manera que apenas pudo contestar.

—No......... no señor, me voy solo.........

—Pues es lástima, porque os ha pasado en esto, el lance mas divertido de que haya memoria: supongo que conocereis todos los detalles del asunto.

—No......... no señor......... contestó Don Melchor sudando de congoja.

—¡Oh, pues sentaos, que esta historia por curiosa merece que la sepais de la cruz á la fecha, porque es la de moda en México. Figuraos que vuestra pretendida esposa—y Don Pedro reía.

—¡Jesús!—pensó Don Melchor—ya averiguaron que Luisa no es mi muger legítima.

—Pues figuraos—continuó Vergara, dejando de reír—que como os iba diciendo, vuestra pretendida esposa, que dice llamarse Luisa, tambien es en este momento la diversion de todos los presos.

—¡Está en la cárcel pública!—esclamó espantado Don Melchor.

—Sí, en la cárcel de los hombres.

—¡De los hombres!—dijo mas asombrado el Corregidor.