—No en verdad—contestó Vergara, comenzando á vacilar entonces.
—Pues bien, señor, soy Luisa; os daré señas mas exactas, que solo siendo quien soy puedo saber; ¿recordais nuestras reuniones en el aposento en que estaba retraido Don Melchor? ¿recordais que os dijo una noche el señor Arzobispo que era yo una de las mugeres fuertes de la Biblia, la noche que entré á hablar á solas con él? ¿lo recordais señor?
—Sí—dijo el licenciado Vergara espantado de aquellas reminicencias.
—¿Os acordais señor, tambien, que allí acordamos el modo de promover el tumulto, y la excomunion del virey, y la presencia de Su Ilustrísima en la audiencia?
—Sí, sí, ¿pero cómo sabeis vos eso?
—Porque yo soy Luisa, porque allí estaba yo siempre.
—Pero entonces ese cambio de color y de cara ¿cómo me lo esplicais?
—No lo sé, no puedo esplicarlo, se pierde mi razon, recuerdo solo que me metieron á un aposento oscuro, allí estuve sin comer, dormí y al despertar estaba yo ya como me veis.
El licenciado quedó pensativo y de repente dijo.
—Que llamen á Don Melchor Perez de Varais que estar debe á la puerta, y que se le diga que es aquí de suma importancia su presencia.