Trascurrió así largo tiempo, y comenzaba ya Vergara á impacientarse, cuando Don Melchor salió del calabozo estraordinariamente pálido y espantado.

—¿Qué hay?—preguntó Don Pedro.

—Dispénseme á solas una palabra V. E.

Se apartaron los dos de los que les rodeaban, y Don Melchor dijo conmovido.

—Señor, si Dios no me ayuda creo que voy á volverme loco. Creo que esta muger no es Luisa, y sin embargo me ha recordado cosas tan secretas de mi vida íntima, que ella sola podria saber. ¿Dígame V. E. puede una persona tener pacto con un demonio que le rebele secretos tan ignorados?

—Evidentemente, ¿pero estais seguro de que no es Luisa?

—Sí señor, y aun que algunas veces creía yo reconocer sus facciones, su voz, sus maneras, todo, todo, temblaba al considerar que pueden estas ser tambien artes y amaños del demonio.

—Puede ser así.

—Entonces, señor, ¿qué hacemos?

—Pues lo mas prudente me parece irnos de aquí á consultar directamente con el señor inquisidor mayor, para descargo de nuestra conciencia y mejor servicio de Dios.