—Reflexione que nada ha sufrido en comparacion de lo que le falta, continuó el escribano; que aun puede libertarse con la franca confesion de sus pecados y la abjuracion de sus culpas.

—Doña Blanca estaba como fuera de sí, miraba sucesivamente á todos los que la rodeaban y permanecia muda.

—Por última vez—dijo el escribano—considere que va á sufrir la cuestion del tormento estraordinario si no confiesa, y que á sí, y no á la justicia, debe imputar lo que padeciere.

Sus exhortaciones no obtuvieron respuesta alguna, se volvio á ver al inquisidor y éste con gran solemnidad, dijo:

—Pues ella lo ha querido, á cargo sea de su conciencia, que se proceda á la diligencia.

Los verdugos se apoderaron de Doña Blanca que apenas hizo resistencia, pero que exhalaba quejas sintiendo renovarse los dolores de su cuerpo con aquellos tratamientos bruscos; y la colocaron encima de otra mesa que era una especie de plano inclinado y en el que la cabeza quedaba un poco elevada respecto al cuerpo. Habia en la mesa porcion de argollas clavadas, y con ellas aseguraron á Blanca de tal manera que no tenia libertad para hacer el menor movimiento.

El escribano comenzó con la formula de costumbre: Se le amonesta á decir la verdad si no quiere verse en tan duro trance.

Pero como Blanca no contestaba, se procedió á darla el tormento.

Uno de los verdugos trajo una especie de embudo que introdujeron en la boca de la víctima, y otro vertió en él una medida de agua que contendria como dos cuartillos.

Los ojos de Blanca se abrieron de una manera horrorosa, su rostro se puso encendido, y su pecho y su vientre se ajitaron espantosamente, y sin embargo, tragó toda el agua sin que una sola gota cayese fuera.