Aquellas primeras lágrimas eran precursoras de una redencion; aquella alma comenzaba á purificarse en el martirio.
Sonó la cerradura de la puerta del calabozo, y Luisa tembló, era seguramente á ella á quien venian á buscar.
Tres hombres enteramente cubiertos con sus capuchones, penetraron al calabozo, y Luisa se refugió en uno de los ángulos.
Uno de los hombres llevaba una linterna, los otros dos algunas piezas de ropa de muger.
—Vamos negra—dijo con desprecio el del farol—aquí están estos trapos para que te quites esas indecentes ropas de hombre, que ya verás lo que te van á costar.
—Bueno—dejádmelas ahí—contestó Luisa temblando—que yo me mudaré dentro de un momento.
—¿Cómo se entiende?—dijo el del farol—cambiarás ahora mismo el traje que no estás aquí para hacer tu voluntad.
—¿Pero delante de vosotros?—dijo Luisa casi indignada de lo que se atrevian á proponerle.
—Vaya, y por qué no, bonitos remilgos son esos para una negra hechicera; mugeres hermosas de veras han tenido que quedarse delante de nosotros completamente desnudas, y si no pregúntale á esa buena moza que duerme en aquel rincon; con que vete acostumbrando, que pronto te llegará la hora del tormento, y no andarás entonces con esas niñerías.
—¿Dios mio! ¿qué me darán tormento? ¿por qué? ¿yo qué he hecho?