—Yo no sé, ni venimos aquí á esplicaciones, ¿te desnudas, ó no?
—¿Pero cómo?...
—Cambiadle la ropa dijo el del farol á los que le acompañaban.
Los dos asieron á Luisa de los brazos.
—No, por Dios, dejadme, yo me vestiré sola—gritó Luisa. La enferma alzó la cabeza, y dijo con una angustia profunda.
—¿Qué? otra vez el tormento, yo diré, yo diré todo, pero que no me vuelvan á atormentar.
—Cállate bruja—dijo bruscamente el carcelero, miren á la monja casada como escarmentó.
La enferma habia vuelto á acostarse.
Luisa se desnudaba precipitadamente, y recibia en cambio de sus ropas de hombre, otras de muger viejas y maltratadas.
Una camisa y unas enaguas de manta, un vestido de vellorí pardo, y un justillo semejante, viejos y llenos de agujeros, que no eran ni con mucho de las medidas de su cuerpo.