—Vaya—dijo el carcelero—ni mandada hacer está la ropa, era de una bruja que mandó quemar el santo oficio, en el último auto de fé, á ver si á tí te toca la misma suerte.
Luisa se estremeció y el carcelero despues de aquella infernal chanzoneta, salió con sus compañeros, cerrando el calabozo, y dejando á Luisa mas aterrada que antes.
Con el vestido que la habian dado no traia calzado, y hacia mucho tiempo que ella no habia andado descalza; sus piés se habian vuelto delicados, y el piso frio, disparejo y húmedo del calabozo, comenzó á molestarla, pero no habia remedio, era preciso acostumbrarse. La idea del tormento y de la hoguera, no se apartaban un momento de su imaginacion, y naturalmente al pensar en el tormento, pensaba en la muger que gemia en su calabozo; y al pensar en la hoguera, recordaba á la desgraciada que habia llevado el vestido, que ahora le servia de abrigo.
—Debe ser una cosa horrible la hoguera—pensaba Luisa—el fuego, el humo, ardores espantosos, sofocacion, ¡Dios mio! ¡Dios mio! que dichosos deben ser los que no mueren en la hoguera, ¡Jesus! que miedo tengo, que pavor; y luego el tormento......... ¿cómo será? ¿qué le harán á uno?
Deben sentirse cosas horrorosas, ¡ay! ¿qué haré yo, qué haré para que no me vayan á atormentar? ¿confesaré todo? ¿pero qué? si no he sabido lo que me pasa, si no tengo que confesar y entonces no me creerán, y me atormentarán, ¿qué haré? ¿qué haré?
¡Oh! Le preguntaré á esa muger, quizá ella sabrá, quizá podrá aconsejarme, me dirá al menos lo que se siente, veremos, porque es tan horrible lo desconocido, ¿qué será muy grande el dolor? ¿podré yo resistirlo? A ver probaré, probaré.......
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Y Luisa tomaba una de sus manos con la otra, y procuraba torcérsela hasta causarse dolor, para probar su sufrimiento, pero la dejó caer tristemente esclamando:
—¡Dios mio! ¡Dios mio! soy muy débil, y muy cobarde para el dolor, mándame la muerte, antes que el tormento, y que la hoguera.